Si te acabas de estrenar como madre y estás deseando que transcurran los cuarenta días de rigor para recuperar tu vida deportiva, siento decirte que debes tener un poco más de paciencia.

Para mí, tras mi primer embarazo, fue una decepción no salir corriendo de la maternidad, así que ya puedes imaginar cómo me tomé dejar atrás la cuarentena sin cambios demasiado evidentes. Esperé esas seis semanas ansiosa por retomar mis entrenamientos. Cuando por fin pasaron, hice mi revisión y sí, mi ginecóloga, me dio permiso para empezar a hacer deporte “con prudencia”. Como los deportistas nunca tenemos claro qué es eso de la prudencia, ese mismo día trate de salir a correr… pero ¡nada!, se me escapaba el pis a cada zancada. Entonces decidí empezar a hacer judo, pensando que como es mi deporte, me encontraría mejor adaptada a ese tipo de actividad… pero ¡nada!, los inevitables apretones resultaban incomodísimos para mis sensibles pechos de madre lactante, por no hablar de lo que sufría mi suelo pélvico en cada caída. ¡Ni mencionar las agujetas del día siguiente! Así que decidí hacer algunos circuititos de autocargas para quemar calorías y tonificar la musculatura… ¡nada de nada! Preferí dejarlo antes de verme obligada a aplicarme los consejos para la incontinencia de doña Concha Velasco.

Teniendo en cuenta todo esto, me dije “Sara, ¡nada!” Y justo eso fue lo que hice: apuntarme a la piscina. Y aunque el agua y yo nunca nos hemos llevado bien, tengo que reconocer que desde entonces nos llevamos un poco mejor, porque ese fue el principio de mi recuperación deportiva.    

Después de este segundo embarazo, ya tengo claro que la cuarentena supone el alta para realizar una vida normal… para otras. Porque la “vida normal” de cualquier mujer deportista incluye actividades que todavía no estoy preparada para realizar. No puedo (al menos, no debo) correr, saltar, hacer giros bruscos, encogimientos abdominales, caídas… algunos de los “imprescindibles” de los deportes que más me gustan. Es más, cuando mi suelo pélvico y mi abdomen estén completamente recuperados, habrá transcurrido prácticamente un año desde que no hago movimientos bruscos ni esfuerzos intensos… ¿a quién se lo ocurre empezar a entrenar con intensidad después de un año en el “dique seco”? Pues a mí con mi primer hijo, pero no voy a repetir ese error.

Para salir del dique seco, he decidido mojarme previamente y empezar directamente nadando. Desde hace unos días, a mis largos paseos con el bebé, mi gimnasia abdominal hipopresiva y mis ejercicios de potenciación del suelo pélvico, les añado un ratito de piscina a diario, al aire libre, aprovechando que estamos en agosto y que en la urbanización en la que estoy pasando el verano hay una piscina de 38 metros (no me preguntéis a quién se lo ocurrió esa curiosa medida).

Allí hago ejercicios de potenciación muscular aprovechando la resistencia del agua, aprovecho para correr sin impacto y con mucho esfuerzo, y nado. Bueno, nado… tengo que reconocer que a mi estilo de natación no se le puede llamar “estilo”. Si digo que es poco armonioso, me estoy quedando muy corta. Pero ahí sigo yo, practicando lo que llamo “nado vertical” que consiste en que la espuma sube hacia arriba a más velocidad de la que yo avanzo hacia delante. Nadar así tiene muchos inconvenientes: todo el mundo te mira, te adelantan los niños de 12 años, preocupas al socorrista… pero también la gran ventaja de que quemas muchas calorías. La “lucha” contra el agua pone mi corazón a tope. Si lograra “nadar” así durante una hora todos los días, me quedaba como un tenedor. La pena es que no se puede luchar a la máxima intensidad y sin descanso durante 60 minutos (os lo digo yo, que soy judoka) y pasada poco más de media hora, tengo que pararme.

Eso sí, a pesar de mi horroroso estilo, intento cuidar la técnica para no hacerme daño. Pese a lo que dicen, nadar, si lo haces mal, puede ser muy lesivo. Especialmente ahora  que las hormonas que facilitan la distensión de los tejidos durante el embarazo y el parto continúan actuando, por lo que mis articulaciones están más débiles de lo normal. Y para el dolor de espalda tampoco ayuda la distensión del abdomen, así que tengo que concentrarme al máximo en mi escasa técnica.

En fin… que no estoy disfrutando mucho de mis sesiones de natación, pero fue lo que me ayudó después de tener a mi primer hijo a reintroducirme en el deporte, así que trato de pensar que en unas pocas semanas ya estaré por ahí dando saltos. Ahora toca esperar. Lo dicho: después de la cuarentena… ¡nada!