Por Patricia Ramírez Loeffler @patri_psicologa

Muchas son las personas que me han preguntado por mi afición al running, que cómo me enganché, cuándo empecé o cuánto tiempo tardó en gustame. Siempre he comentado que el running y yo no nos enamoramos a primera vista, en absoluto. Observan que cuelgo fotos sonriendo después de correr e intuyen que debo sentir un revolcón de endorfinas antes, durante y después. Cuando alguien me pregunta “¿tú de verdad disfrutas tanto corriendo?”. La respuesta es NO, sorprendentemente NO. Para qué nos vamos a engañar. No disfruto ni con la idea de salir a correr ni disfruto de la propia carrera. O, mejor dicho, para no ser categóricos, disfruto, pero de otras cosas. Ahora os explico.

Hay personas que no llegan a tener una rutina, un compromiso y consecuentemente, un cambio de hábitos, porque tienen las expectativas sobre el disfrute del deporte equivocadas o sobrevaloradas.

Piensan que la actividad que elijan tiene que atraparles y apasionarles tanto que ni siquiera duden cuando se están poniendo la ropa deportiva. Ojalá fuera así la norma general, sería todo más fácil y no habría que tirar de fuerza de voluntad, pero no suele ser así ni para la mayor parte de personas ni para la mayoría de los días que sales a entrenar. Si tus expectativas sobre el disfrute que tiene que darte el running o cualquier otra actividad deportiva son equivocadas, lo normal es que también la abandones. Si crees que no has encontrado tu deporte porque no sales enchufado, feliz de la vida, deseando salir a correr, estás equivocado. Hay personas que abandonan porque creen que los demás sentimos una emoción estratosférica que ellos no sienten y esto les lleva a concluir que, el deporte, no es lo suyo. Y con ello sobrevaloran la emoción que te lleva a iniciarte y mantenerte, y minusvaloran el esfuerzo, la fuerza de voluntad o la disciplina que son de lo que tiramos para ir a correr.

¿Y entonces por qué disfruto o, mejor dicho, de qué disfruto yo cuando me pongo las zapatillas? Disfruto del entorno, de mi perro, de mejorar la técnica, de las sensaciones positivas como verme fuerte y resistente los días que las tengo, que ni mucho menos son todos. Pero sobre todo disfruto muchísimo y me hacen sentir orgullosa, mis valores. Cuando estoy corriendo, pienso “bien Patri, has salido, ¿has visto? No podrías ahora hacer nada mejor que trotar un poco, cuesta, pero vale la pena.”

Disfruto de ser organizada, disciplinada, de “sufrir físicamente” mientras corro porque sé cuál es el beneficio a largo plazo. Y disfruto muchísimo cuando termino. Es el momento del selfie con Vueltas y eso no tiene precio. Ahí empiezan nuestras conversaciones perrunas. Le digo que atienda, que se siente, que mire a la cámara y el pobre perro, se deja llevar. Y después de esa foto empiezo a recrearme con lo bien que se siente ahora mi cuerpo y mi mente, me refuerzo por el esfuerzo realizado, pienso en la relajante y refrescante ducha que me voy a dar y cómo voy a aprovechar toda la energía que me da correr. Durante el día, después de correr, me repito muchas veces “qué bien que fuiste Patri, qué bien te sientes ahora”. En todo esto está mi disfrute, pero en el hecho de correr, correr, solo a veces.

Y no me gusta llevar música, me gusta sentir mi cuerpo, mi braceo, mi respiración, el ritmo o la fricada de cómo mis zapatillas friccionan con la tierrecilla y el sonido que hacen. Y de verdad, cada vez que Vueltas se tira a darse un baño al canal y tengo que esperarlo, ¡ME DA LA VIDA! Pienso, “qué bueno el descansito”. Salgo para disfrutar de todo eso y al final, por supuesto que vale la pena.Por ello no me agobio ni con marcas, ni con tiempos, ni con distancia, corro a lo que salga, a lo que me pida el cuerpo, a lo que disfrute. Si llega un momento en el que llevo cuatro kilómetros y no puedo más, pues no puedo más. Si me siento muy a gusto y fuerte, respiro bien y no estoy cansada, igual hago diez kilómetros. Cero agobios, cero exigencias, cero compararme, cero presión. En el momento en el que te exiges con tu afición, abandonas porque no quieres sentirte frustrado. Y esto es lo que le pasa a mucha gente. Entre que no termina de disfrutarlo a tope, le da pereza y que cuando sale, se exige mucho, termina por tirar la toalla. Es preferible salir, trotar quince minutos y mantener la rutina, a querer hacer de más y terminar por no hacer nada. Nadie nos exige ser superhéroes o superheroínas. Olvídate. Ya lo somos en otras facetas de nuestra vida.

Te fallas cuando te pones un objetivo exigente. Déjate llevar, disfruta y así no se te hará un suplicio. Porque a muchos, solo la idea de correr, les amarga. Plantéate solo salir, trotar. Que apetece tirar más, tira. Que apetece volverte, te vuelves. En cuanto tu mente sepa que tú eliges y no elige la exigencia y el perfeccionismo por ti, le será más fácil ponerse las zapatillas.

Y si eres de los que disfruta con el reto, con la exigencia y la motivación, a tu ritmo. Cada uno debe conocerse y tratarse con respeto. Sabiendo qué puede exigirse y que no.

¡Mucho ánimo a todos!