Muchas son las personas que dicen que no son capaces de hacer ejercicio de forma regular porque no consiguen engancharse. No encuentran la motivación. Y tiene su lógica. Porque pocas son las personas que después de su primera sesión, de lo que sea, baile, natación, running, pesas, se enganchan directamente. El amor a primera vista ocurre en muy contadas ocasiones, tanto entre personas como con el deporte.

Analicemos todos los contras de empezar a hacer ejercicio: supone salir de tu zona confortable, tu maravilloso sillón y tu serie, que esa sí que te tiene atrapado. Coge el coche y desplázate, amén de pagar una fortuna entre mensualidad, matrícula y no te digo nada si contratas un entrenador personal. Empiezas una actividad para la que te ves algo patoso, no sabes cuánto peso poner en cada máquina, tienes que preguntarlo todo, o te metes en una clase en la que todo el mundo baila genial y hace GAP con mucha destreza, equilibrio y fuerza y tú no coordinas ni las sentadillas. Luego dúchate, cámbiate, si eres chica, sécate el pelo, maquíllate otra vez y vuelve a tu casa o al trabajo.

Y al día siguiente te duelen hasta las pestañas de las agujetas que tienes, porque como no tenemos medida, el primer día que vamos lo queremos dar todo. ¡Olé ahí, que se note que estamos motivados! Virgen santa, ¡¡quién se va a enganchar en estas condiciones!! Al revés, vuelves a casa pensando que en qué te has metido, que “pierdes” dos horas, que terminas reventado y que supone hacer renuncias a otras actividades que te hacían sentir seguro y cómodo.

Pero…tu voz de Pepito Grillo, a pesar de todas estas molestias, te dice que te conviene hacer ejercicio. Por la infinidad de razones que todos conocemos: mejora todos tus sistemas, desde el respiratorio, pasando por el respiratorio y llegando al sistema inmunológico. El ejercicio también mejora tus funciones cerebrales, aumenta la conectividad entre neuronas y las ramificaciones, es decir, mantiene tu cerebro joven. Además, alivia el estrés, permite que duermas mejor, que te sientas seguro, pleno y feliz, porque libera neurotransmisores opiáceos que inhiben el dolor, producen bienestar y relajan. También te sientes más guapo, más fuerte, más ágil y más atractivo. Hay personas que incluso dicen perder el miedo a desnudarse en sus relaciones sexuales. Porque, aunque os parezca mentira, son muchas, muchísimas personas las que esconden su cuerpo por el rechazo que sienten al mismo.

Así que con todas estas ventajas racionales, la persona entra en conflicto entre lo que desea hacer, no cambiar su rutina y su zona cómoda, y lo que le conviene hacer, ponerse en forma y practicar un hábito de vida saludable. Durante un tiempo uno tira de fuerza de voluntad, de tener un compromiso por haber pagado, pero si en el trascurso de esas primeras semanas no llega a engancharte, lo más común es el abandono.

Se abandona no solo por falta de motivación. Influye también la falta de disciplina, no entender el ejercicio como una prioridad o por no darle el tiempo suficiente para que te enganche. En esta cultura de todo ahora, todo ya y que todo me haga feliz, el sacrificio y el deber por encima del placer están infravalorados.

Lo siento, no hay receta mágica. Solo hay la posibilidad de reeducarse. Y el objetivo, más que realizar ejercicio, debería ser coger una serie de hábitos y entrenar valores que nos permitan alcanzar metas en nuestra vida, no solo la meta del deporte.
En este caso es básico:

1. Tener claro desde el principio y bien definido, cuál es el objetivo. “Quiero hacer deporte de forma regular, independientemente de que un día me apetezca o no”. El objetivo no es hacer ejercicio, a secas. Porque en el momento en el que no apetezca entenderás que también ha dejado de ser el objetivo. Por eso hay que definir no solo lo que deseas, sino además, en qué circunstancias seguirás empeñándote en hacerlo.

2. Establecerlo como una prioridad, así no te servirán las excusas. Colócalo en tu agenda pensando el tiempo que necesitas de desplazamiento, de ida y de vuelta. Y no coloques nada en la agenda alrededor. Prioridad significa que está antes que la peluquería, que la comida relajada del medio día, que descansar en el sillón o un café con amigas. Prioridad es que no vas a renunciar a ello ni lo vas a sustituir por un plan alternativo.

3. Darte más tiempo del que habitualmente te das. Si has comprobado que con un mes no es suficiente para que el ejercicio se convierta en parte de rutina, trata de ampliar un poco más el periodo. Date un mes más a ver qué tal.

4. No pienses y ve. El lema de Chema Martínez es “no pienses, corre”. Y tiene un mujer_gimnasio_pensando_istock_94767361sentido muy claro. El diálogo que mantenemos con nosotros mismos condiciona completamente nuestras actuaciones. En el momento en el que verbalizas que no tienes ganas, que estás cansado, que qué pereza, tu cerebro empieza a comportarse como si estuvieras más cansando de lo que estás. No se trata de decir “qué ganas tengo de ir al gimnasio, estoy que muero por ir”, porque no es verdad. Pero sí puedes darte ánimos: “Venga, va, luego te alegrarás, poco a poco irás cogiendo esta rutina, te conviene.”

5. No existe un plan B. Dudas y dejas de ir porque tu mente tiene un plan B, que consiste en no hacer ejercicio. Pero tú, a partir de hoy, no tienes plan B, no existe. Así de claro. Tienes una misión, hacer ejercicio, por todos los motivos que hayas buscado para ti. No queda otra. La vida no siempre es lo que los deseos piden. La vida también es un poco de hacer lo que se debe. Y no debes hacer ejercicio porque tu amiga lo haga, debes hacerlo porque elegiste comprometerte con ello. Revisa los motivos que te llevaron a pagar esa primera mensualidad. Por eso lo haces. Tampoco te apetece muchas veces ir a trabajar y lo haces. Lo haces porque no tienes plan B. Lo bueno es que después de hacer deporte siempre sales eufórico, feliz y agradecido de haber ido.