Primera certeza: nuestro cerebro se estimula y aprende, en gran parte, gracias a las emociones. Todo aquello que nos emociona nos deja huella. Es decir, memorizamos y recordamos mejor los acontecimientos, las experiencias, a las personas y los aprendizajes que movilizaron nuestras emociones. Nos impresionan el dolor, la rabia, pero también la alegría, la ilusión, la sorpresa.

Segunda certeza: la letra con sangre NO entra. Entra el miedo, aprender cohibido, el autoritarismo, el despotismo como forma de poder, pero no la educación. Porque una cosa es informar y enseñar y otra, aprender.

Así que en función de estas dos certezas que todo entrenador, maestro, padre, madre o líder de un grupo debería saber, solo nos queda apostar por una educación académica y física basada en el juego y en la ilusión.

Para emocionar al chaval y al grupo puedes empezar por:

1. Conocer a la persona, no al deportista o al alumno. ¿Qué le gusta, a qué juega, qué lee, qué serie ve, qué música escucha, con qué se ríe? Puedes recopilar mucha información si elaboras un cuestionario general con estas preguntas.

2. Conocer cómo gestiona sus emociones. ¿Cómo le gusta que le animen?, ¿Cuándo está triste qué espera de los demás, cómo pueden ayudarle?, ¿Qué le hace sentir bien y qué le hace sentir mal?, ¿Qué le apasiona?

3. Cómo se relaciona con las personas. ¿Se siente cómodo con los amigos?, ¿Es capaz de hablar de todo? ¿Se presenta cuando llega?, ¿Qué rol le gusta ocupar en el grupo?

4. Buscar entrenamientos y material educativo para las clases, así como educar, de manera divertida. Sí, esto implica salir de tus fichas y libros tradicionales, de tus ejercicios de siempre, es decir, salir de tu zona confortable, reciclarte, ser creativo, reinventarte como líder. Pero el que tiene vocación y pasión por su trabajo, esto, le parece genial. Para los demás les supone un rollo.

5. Fomenta el juego. El juego es una actitud y está en todos lados, en cada esquina, en cada idea, en cada concepto que tengas que enseñar. Si tus jugadores, hijos o alumnos se divierten, aprenden.

6. Sé cómplice. Salvo casos extremos, deja de mandar notas a los padres a través de la agenda y busca hablar con el chaval, ¿qué te pasa?, ¿por qué respondes así?, ¿hay algo en lo que te pueda ayudar?, ¿confío en ti y sé que sabes hablar con más respeto?

7. Diles cada día algo positivo, sincero y dirigido a sus valores. Emociónalos con lo buenos que son y ten expectativas positivas sobre ellos, ¡y trasládaselas! “Creo en vosotros”, “me encanta venir a trabajar y teneros como alumnos”, “vuestro interés y curiosidad me motivan”. Ya, ya, me diréis muchos de vosotros que los vuestros no motivan y que no tienen curiosidad, ¿y tú la tienes? Deja de juzgar y trata a los tuyos cómo lo que te gustaría que fueran. Es parte de tu responsabilidad como educador.

8. Estimula su curiosidad con retos. Pídeles que investiguen, que presenten sus conclusiones, que se posicionen, que las argumenten. Valora cada aportación aunque no pienses igual. Lo que importa es que se impliquen. Y esto no es solo para las clases académicas, también para el deporte. “A ver quién es capaz de traerme mañana el motivo principal por el que tenemos que golpear el balón con el interior”. No les digas tú que tiene más superficie y que así se controla mejor el balón. La gente aprende cuando investiga, razona y llega a sus conclusiones.

9. Celebra todos los logros, con entusiasmo y alegría.

10. Conviértete en esa persona referente, esa persona a la que desean ver después de cada fin de semana. Los chavales saben diferenciar perfectamente quien ama su profesión y quien cumple con los requisitos mínimos.

La ilusión alimenta la mente, favorece el aprendizaje y mantiene la motivación. Todos deberíamos esforzarnos en ilusionar a los que dirigimos.