Siempre se habla de los aspectos positivos que tiene trabajar en equipo. El equipo enriquece, te protege, te forma, te acompaña y cohesiona. Permite aprendizajes mutuos que de otra manera no tendríamos. En las empresas invierten lo indecible para que sus trabajadores aprendan a trabajar en equipo como se hace en el deporte. Desde fuera, todo el monte es orégano. Vemos cómo un equipo deportivo trabaja remando en la misma dirección y concluimos que debe ser genial formar parte de algo así, sentir la pertenencia y conseguir resultados. Tener un compañero cerca es un consuelo.

Es difícil trasladar el modelo deportivo de trabajo en equipo a las empresas. Una de las grandes dificultades radica en la cultura académica y en los valores en los que se han educado a niños, adolescentes y universitarios hasta que acceden a un puesto de trabajo. El éxito del estudiante ha radicado en su nota, sus apuntes, sus responsabilidades, su, sus, sus…Un valor egoísta e individualista. No solo tienen que cambiar las personas, tiene que modificarse el sistema. Ahora empiezan a verse notas de color en el sistema educativo, en el que se tienen en cuenta y se entrenan otra serie de valores y no solo el resultado del estudio. Los chavales realizan proyectos en equipo, trabajos de emprendimiento, les fomentan la creatividad y valores como la cooperación. Imagino que dentro de unas décadas trabajar en equipo será más fácil que lo que ha sido hasta ahora.

El trabajo en equipo puede llegar a ser muy gratificante cuando el nivel de compromiso y el esfuerzo es el mismo por parte de todos los miembros. Pero existen tres desventajas que impiden el buen trabajo en equipo.

  1. Pereza social. Hay miembros muy activos que participan más en el grupo, mientras que otros se mantienen más al margen por comodidad, “total, si ya lo hará Fulanito”. Una de las fórmulas para evitar la pereza social es definir muy bien el trabajo individual. En un grupo todas las personas son diferentes y siempre hay alguna más responsable, más controladora o más metódica que otras que suele terminar tomando la iniciativa por miedo a que el trabajo no salga adelante y no se cumplan las fechas. Este tipo de jugadores o trabajadores terminan teniendo conflictos con el grupo al exigirles más responsabilidad a los otros miembros, o sintiéndose frustrado asumiendo más trabajo del que le toca para evitar el conflicto.
  2. Presión social. La timidez, el miedo al ridículo, la idea de que tus opiniones o aportaciones no son útiles o la ansiedad que supone exponerte al grupo, impiden que las ideas de personas que sufren estos miedos se pongan al servicio del equipo. La presión social es el miedo a decir algo que pueda ser menospreciado, ninguneado o criticado por los demás. Por ello es importante tener un líder que sepa detectar quién puede estar sufriendo esta situación para animarle a expresarse y participar. Hay que generar un ambiente en el que todo el mundo se sienta con libertad de opinar, que se fomente la participación, que se valoren y refuercen las ideas y se anime más la creatividad que el éxito de acertar.
  3. Difusión de la responsabilidad. En el deporte individual tú eres el protagonista de todo, de tus éxitos y de tus fracasos. Eres un escaparate. No hay nadie para sacarte las castañas del fuego si un día estás cansado, tienes problemas personales o te cuesta concentrarte. Nadie está detrás de ti para cubrir tus errores. En el deporte individual aprendes a controlar y responsabilizarte de todo. He visto a deportistas top ten mundial hacerse cargo de sus desplazamientos, elegir sus hoteles, seleccionar a sus dietistas, psicólogos deportivos, etc. Saber que todo depende de ti fomenta la autonomía y la responsabilidad. Si algo falla, eres tú.

Estudios sobre el pensamiento creativo confirman que en la mayoría de las situaciones se generan más ideas y más creativas si se piensa de forma individual. ¡Ahí lo dejo!

No es que el trabajo en equipo esté sobrevalorado, pero sí hay que saber decidir cuándo trabajar juntos y cuando hacerlo por separado.