No quiero caer en ese de que sólo se habla bien de alguien cuando se muere. Por eso voy a empezar mi pequeño homenaje a Enrique Otero, que falleciera el pasado sábado, hablando de dos defectos muy gordos que tenía: era demasiado buena persona y le gustaban demasiado las bicis.
Si simplemente hubiera sido buena persona y las bicis le hubiera gustado sin más, su vida seguro hubiera sido más fácil. Pero entonces no habría sido Enrique Otero.
Muchos somos los que les debemos muchísimo. Yo seguramente estaré entre los primeros de la lista y por encima de todo lo que me dio fue siempre mucho cariño. Como tuve la oportunidad de estar cerca de él pude comprobar como había heredado sobre la pasión por las bicis de su padre, ese genial artesano que inventaba cuadros diferentes en la calle Segovia y que junto a Macario Llorente son historia viva de la bici en Madrid y en España. Además de su amor por la bici, Enrique era un emprendedor incluso antes de que alguien con un máster inventara la palabra. Haría falta un edificio grande para meter dentro a toda la gente a la que dio un trabajo, para muchos su primer trabajo.okotero
Y, por último, fueron muchos miles los que se engancharon a la bicicleta montando en una Otero. Unos ganaron la Vuelta a España como Melcior Mauri o Marco Giovannetti o una medalla olímpica en Barcelona ’92 como el pistard andaluz José Manuel Moreno, pero muchos ciclistas anónimos han sido felices pedaleando en una Otero. Fue, además, uno de los primeros que vio muy claro que el mountain bike no iba a ser una moda sino que iba a cambiar totalmente el mundo de la bici.
Vaya desde aquí mi agradecimiento y el de toda mi familia por todo lo que siempre nos ayudaste y mi homenaje para una de las personas más importantes que ha tenido la industria de la bici en España en siglo XX.