Araceli Segarra Droites 10Cara Norte de les Droites (4.000m) “Via Axt-Gross”. 1.000m ED IV/5

La cara norte de Les Droites es probablemente uno de los ascensos más bellos, míticos y deseados de los Alpes. Yo empecé a soñar con ella justo después de tenerla cara a cara hace ahora 22 años, cuando fui a escalar la vía de los Suizos a “les Courtes”.

Como siempre, un viaje relámpago asegurado por la meteo nos hizo emprender esta aventura. El primer día, después de ir a comprar un par de cuerdas “everdray”, hicimos un ascenso rápido gracias al teleférico de Grands Montets, y en un par de horas muy tranquilas nos colocamos en el refugio de Argentiere. Mucho más moderno, cómodo, acogedor de cómo lo recordaba.

No dormimos mucho, no metimos en la cama a las 8 de la tarde, pero el repetido ir y venir de los vecinos de habitación, que no madrugaban como nosotros, nos hizo estar en vela parte de nuestro tiempo dedicado teóricamente a dormir.

A la 1:00 am, sonó el despertador, y después de tomar un café (mi nuevo elixir de la juventud) y una rebanada de pan con mermelada, salimos nerviosos a buscar nuestra diversión. La luna iluminaba donde su sombra no alcanzaba. En una hora y media nos pusimos a pie de via.

La nueva e inesperada previsión de viento en altura nos hizo dudar y replantearnos la estrategia. Pensábamos subir con los esquí en la mochila y así hacer un descenso rápido por la vertiente sur hasta Chamonix, pero decidimos dejarlos a pie de pared, las ráfagas podrían tirarnos, o al menos a mi, que tengo la tendencia a salir como veleta en este tipo de situaciones.

Nos esperaban 1.000 m de pared. Cruzamos las 3 rimayas en la oscuridad fijando un par de reuniones. A partir de ahí, avanzamos toda la noche escalando al ensamble, tan solo montando reunión cuando el material se acababa. Progresamos rápido pese a la verticalidad de la pendiente y el no muy buen estado del hielo. Los vientos de más de 130km/h que este año han visitado el valle, han descarnado las paredes de la nieve dura que facilita el progreso, dejando a la vista un hielo que quebradizo en algunos puntos, hace más dura y cansada la escalada.

A mitad de pared, el muro se yergue y parece casi extraplomado, aquí ya vamos con los largos de uno en uno. Buscamos los corredores, y nos desplazamos de derecha a izquierda, intentado que el itinerario sea lógico, seguro y divertido. En un par de ocasiones me machaco el dedo índice tan fuerte entre el hielo y el piolet, intentando buscar un hueco de hielo sólido, que me quedo  sin respiración por el dolor, hasta que recobro la postura e intento no perder el ritmo. Se hace de noche temprano y las horas corren demasiado rápido. Comemos cada dos horas, pero hace rato que ya no llevo la cuenta, el cansancio empieza a pesar, miro las rocas que me sirven como punto de referencia, cuento los largos que hemos hecho y los que nos falta, sumo las horas, es una contrarreloj, para que no se haga de noche antes de llegar a la cumbre y podamos encontrar el inicio de los rapeles de bajada. Apenas hago fotos, y gravar con la Gopro mucho menos, no hay tiempo. El viento empieza a notarse más a medida que estamos cerca de la cumbre, sacamos los frontales, se me congelan las manos, grito de dolor cuando consigo recuperar la circulación, todo se acentúa por el cansancio, la deshidratación.

Hago la arista final, una impresionante hoja de navaja entre los dos valles a oscuras y casi a gatas, el viento me zarandea. Llegamos a la cima a las 19:30 pm, es de noche, no hay foto de cumbre, solo un par de galletas apretujadas en la boca como el monstruo de las galletas y te frio. Saltamos al otro lado, donde parece que el viento no golpea, encontramos los rapeles y empezamos el descenso mientras empieza a nevar, y la niebla nos dificulta encontrar la siguiente estación de rapel, así 3 horas. Cuando se terminan los rapeles nos encontramos en medio de una pared, la destrepamos de espaldas, no sabemos ni donde estamos ni a donde hay que ir. Demasiado oscuro, demasiada niebla. Pero no podemos parar, ni hay donde, ni el frio deja. Sobre las dos de la madrugada, entre las nubes se cuela la luna, con los frontales apagados vemos el valle, intuimos la pendiente, dibujamos una línea, tenemos un plan. Los planes son el motor de la voluntad. Un par de galletas más y ya sabemos donde ir. Destrepamos horas y horas, y cuando por fin podemos darnos la vuelta en la pendiente, nos hundimos en la nieve, no siempre, solo en el momento justo para cansarte más, cuando la superficie se rompe para hacerte perder el equilibrio.

Por el fondo del valle ando como una autómata, ya no hay peligro de grietas, hemos cruzado todas las rimayas, y me dejo ir, me balanceo por el sueño, el cansancio, el peso de la mochila, y la inconsistencia del terreno, en el que ahora sí ahora no me hundo. Y empiezo a reír, juego con las huellas que mi compañero que va por delante deja en la nieve, y las transformo en animales, objetos, gente, lugares, y todos ellos saltan de su dibujo para correr a escaparse. Las enormes rocas se convierten en tiendas de campaña, en tortugas gigantes o en una cocinera rechoncha apretando en su regazo un par de conejos. Una sombra de nieve estuvo a punto de ponerse a volar a pocos pasos, pero cuando la pisé se convirtió en polvo de diamante. Han sido las mejores alucinaciones que he tenido jamás.

Amanece que son las 7 de la mañana. En tres horas llegamos a la estación de Montenvers, donde cogemos el cremallera a Chamonix. 32 horas sin parar, y un descenso de 2.050 metros….kilómetros no sé, muchos. Estamos cansado, tenemos sueño, hambre, sed, una increíble sensación de felicidad, porque de eso se trata al fin y al cabo, de ser felices, aunque tenemos una manera un poco rara de perseguirla.