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Echadle un vistazo a esta foto. Para los que no estéis muy puestos en el inglés, la traducción de la frase es: “la distancia entre ganar y perder”. Cualquiera que haya estrenado a cualquier nivel entiende perfectamente lo que está pasando ahí. Todo el mundo tiene que pisar la línea antes de cambiar el sentido y el listo de turno se permite el lujo de no llegar antes de dar la vuelta.

Eso, que es insignificante a efectos de metros recorridos o esfuerzo realizado, sin embargo es lo que marca la diferencia. No porque vaya a estar mejor o peor preparado físicamente, sino porque muestra una falta de compromiso con el equipo, con el entrenador, con las normas pero sobre todo con uno mismo.

No llegar a pisar la línea envía el mensaje de que lo importante para ti no es el proceso sino el resultado. Que quieres quitarte este ejercicio de encima y que vas a racanearle lo que puedas para que pase lo mejor posible. Y no te das cuenta de que ese paso extra, esa repetición de más, esos segundos de regalo o ese ejercicio al final es el que demuestra que estás comprometido con tu objetivo. Sea el que sea.

Y el mensaje no es el que envías a los demás. Es el que te envías a ti mismo pero que no quieres escuchar. Yo mismo he entrenado al más alto nivel y he buscado las maneras de escaquearme en aquello que no me gustaba. Y lo he conseguido. Pero no ha sido hasta hace poco que una entrenadora me caló y me dijo.. “Ángel, en aquello que te gusta eres un fenómeno, pero en lo que no… es sorprendente la diferencia entre lo que das y lo que puedes dar”.

Eso me ha hecho pensar bastante. Porque no puedo predicar una cosa y practicar otra. Es incoherente. Y buscando la razón por la que actuaba así he llegado a la conclusión de que no había encontrado la motivación suficiente para que el entrenamiento fuera irrelevante. Para no tener que pensar si me apetecía o no. Para asumir que simplemente había que hacerlo. Y punto.

Te das cuenta realmente, de que para entrenar y sacar ese deportista que tenemos dentro independientemente del nivel de cada uno, necesitamos que alguien nos haga ver esas cosas. No tanto que te digan qué hay que hacer para entrenar, qué rutina seguir o hacer una planificación adecuada para que no te lesiones y estés físicamente preparado. Eso, se da por sentado. Y hay muchos que lo pueden hacer con más o menos acierto. La diferencia está en encontrar a los buenos. A esos entrenadores que ven más allá. Aquellos que saben cómo tratar a la persona, que escuchan más que hablan, que encuentran tus motivaciones y que te ponen en el camino para que seas tú el que empuje.

Para mi el buen entrenador no es el que tira de ti, sino el que te empuja para que seas tú el que tome la iniciativa. Yo he encontrado la mía en Entrenar.me . Seguro que hay otros lugares igual de buenos pero éste es el que me ha funcionado a mi, porque necesitaba un filtro previo que tuviera en cuenta estos parámetros y que me garantizara un nivel y que las personas con las que entrenara entendieran para qué hago deporte. Y ahí tengo a esa entrenadora que me vio cojear en el minuto uno y que ha cambiado mi manera de entrenar.

image_72035Por otro lado, estas vacaciones he apuntado a mi hija de 8 años a clases de surf en Cádiz. Imaginaos lo que hace cualquier padre: visitar todas las escuelas de la zona, comparar precios, instalaciones, profesores, horarios, etc… y de repente aparecen unos tipos llamados Jacob y Toni que me explican que en su academia (Cádiz Surf Center) no se empujan las tablas de los niños para que se pongan rápido de pie, cojan las olas y tengan la sensación de que es fácil e inmediato. Eso es hacer trampa con uno mismo.

Su teoría es que los niños tienen que remar y empujar porque sino se quita una parte esencial del aprendizaje. Que tardan más en ponerse en pie pero que tienen que valorar y entender que la remada es parte del proceso. Que así son independientes y son conscientes de que el surf es un todo. Era como una metáfora de la vida misma y la educación que estamos recibiendo donde todo nos lo ponen fácil y si podemos saltarnos algún paso para alcanzar un resultado pues lo hacemos.

Otra vez igual que antes: nos olvidamos de lo importante, del por qué y del para qué hacemos deporte. Yo quiero que Matilda haga surf para que haga ejercicio, para que disfrute del mar, para que pruebe cosas nuevas y para que vaya identificando sus pasiones. Pero sobre todo quiero que en el proceso descubra cosas que le valgan para crecer y ser mejor sin niguna pretensión de que vaya a dedicarse al surf. Y para eso necesito encontrar instructores que lo entiendan de la misma manera. Aunque eso, a veces, es ir contra corriente y probablemente pierdan clientes que prefieran irse a otras escuelas donde empujen las tablas de los niños.

¿Véis? en esto del deporte, ya sea en una súper web con los mejores entrenadores del mercado o en una humilde escuela de surf en Cádiz, todo consiste en personas. Por supuesto que tienen que estar formadas, es imposible que no lo estén si adoran lo que hacen. Pero la clave es que esos con los que hemos decidido compartir nuestra ilusión, nuestro reto, nuestro dinero o simplemente nuestro tiempo sepan para qué estamos ahí. A veces, ni nosotros mismo lo sabemos y su misión es ayudarnos a entenderlo. Y ahí estará la diferencia entre los buenos profesionales que hacen el deporte y los profesionales mediocres que lo utilizan. Nuestra responsabilidad es buscarlos en los sitios adecuados. Cuando los encontréis los reconoceréis. Suelen brillarles los ojos cuando hablan de su trabajo.

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