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En el mundo del deporte existe una tendencia ascendente a aceptar que el máximo rendimiento va más allá de entrenar mucho, de tener un talento descomunal, de disponer de todos los medios o de saber mucho de técnica. Según nos acercamos a los mejores en sus disciplinas, todos te hablan que la clave son elementos como la disciplina, el trabajo del día a día, hacer lo que a uno le gusta, el esfuerzo y el compromiso. Son muy pocos los que te dicen que la clave de su éxito es algo exclusivo de su deporte. Casi todos te dirán que va más por temas de actitud ante las cosas que les permiten afrontar con garantías el esfuerzo que implica ser el mejor en algo.

Por eso, al irrupción de los psicólogos deportivos, del “coaching” o de lo que a mi me parece más interesante que es el mentoring deportivo. Ya decía Nadal que, cuando ves entrenar o pelotear a los mejores 200 del mundo, prácticamente no percibes las diferencia entre ellos. Todos le pegan a la bola de manera espectacular. Es en la cancha donde tienes que sacar toda esta técnica y todo ese talento deportivo cuando aquel que ha trabajado mejor la parte más interior y la parte personal marca la diferencia en el resultado. Recuerdo a José María Olazábal diciendo que el problema que no deja a Sergio García alcanzar su potencial real estaba “entre oreja y oreja”.

Pues en mi experiencia en mentoring deportivo me he encontrado con una frase que marca un antes y un después en el ámbito del rendimiento deportivo y esa frae es: “he dado con la tecla”. 

¿No la habéis escuchado nunca? Es más ¿no la habéis utilizado nunca?. Desde luego, muchísimos de los deportistas con los que he jugado y con los que he trabajado la han tenido muy a mano. Es más, la buscan continuamente. Su obsesión es encontrar esa clave que marca la diferencia, que permite el salto al siguiente nivel, aquel secreto que estaba escondido en algún lugar de la técnica o del conocimiento que de repente hace click y permite que todo pase. Dar con la tecla “es la leche” es aspiracional, es la panacea, es lo máximo.

Pues bien, vengo a deciros los siguiente: No existe “la tecla”.

No existe la Piedra Rosetta del rendimiento, no existe el Santo Grial del deportista, no existe la Pócima Mágica ni el Súperpoder que hace que de repente seamos la bomba. Nos encanta pensar que sí y trabajamos cada día para encontrarlo tanto si somos un deportista de élite como si somos un deportista aficionado o un trabajador cualquiera. Lo buscamos en el ámbito deportivo, en el profesional o en el personal. Buscamos ese cambio de nos permita decir: “ya está. Lo encontré. Esto es lo que necesitaba”.

Pues siento aguaros la fiesta pero eso no es así y no va a ser así. El Eureka de Arquímedes en la bañera no vino porque de repente tuvo una iluminación. Vino porque llevaba mucho tiempo trabajando en encontrar una fórmula que le permitiese saber si la corona del rey Hierón II era de oro o era una falsificación. Vino porque había estudiado mucho sobre la masa de los cuerpos, sobre la densidad y sobre su composición.

La inspiración de Picasso no venía de la nada en forma de espíritu angelical a posarse en su cabeza para que su mano y su talento ejecutaran esas obras de arte. La inspiración, decía Picasso, daba la casualidad de que “siempre le pillaba trabajando”. Arnold Palmer, uno de los mejores jugadores de golf de todos los tiempos siempre decía que era increíble porque “cuanto mejor entrenaba, más suerte tenía”. La escritora Elizabeth Gilbert habla de la creatividad diciendo que para que le llegue, ella tiene que hacer su parte del trato que es sentarse delante del ordenador 8 horas al día para escribir.

Creo que esto de dar con la tecla es un recurso que viene muy bien tener pero que hay que ponerlo en su justo lugar. “Las teclas” son cada uno de los pequeños pasos que vamos dando hacia nuestro objetivo. Y el rendimiento viene marcado por la suma de todos esos pequeños pasos que vamos dando hacia ese objetivo. Lo que pasa es que este camino no es lineal. El camino tiene muchas maneras de ser transitado y cada uno tenemos nuestra forma de hacerlo. Por eso a veces nos saltamos pasos o decidimos que no son necesarios.

A veces, ahorrarnos esos pasos no tiene ningún impacto y otras veces no. Algunos no tenemos que pasar por ciertos procesos porque tenemos talento de sobra y otros no tenemos más remedio que trabajar más para llegar al mismo sitio. Algunos se saltan pasos importantes y tienen que volver a atrás y otros no se saltan ningún paso y van piano piano avanzando sin parar con el riesgo de llegar tarde. Pero eso es ley de vida.

Es entonces cuando nos tienen que recordar que lo importante de todo esto no es el destino sino el camino. Que lo importante no es el resultado sino el proceso. Que hay que jugar el partido como si fuera lo más importante pero tenemos que darnos cuenta de que no lo es. Que tenemos que enfocarnos en nosotros y en lo que podemos controlar que en los demás y lo que está fuera de nuestro control.

No existe la idea brillante, sino que existen las ideas y somos nosotros las que las hacemos brillantes. De la misma manera, no existe “la tecla” mágica, la que destapa el tarro de las esencias. Existen “teclas” pero son comunes y somos nosotros los que hacemos que sean claves para nuestro rendimiento. Pero eso es a base de trabajo, de dedicación, de compromiso y de entrega. Así que, tenemos buenas noticas: dar con la tecla depende básicamente de nosotros.

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