falta fútbolEl pasado fin de semana tuve la suerte de gozar de uno de esos días de campo con los amigos en los que no tienes que hacer nada más que comer, dormir siesta, hablar de cualquier cosa, reír y disfrutar de un tiempo maravilloso. En un momento determinado, algunos niños casi preadolescentes plantearon jugar un partido de fútbol y nos apuntamos dos de los cuarentones barrigones que estábamos allí. Así que, poneos en situación: 6 niños entre 10 y 13 años contra los dos cuarentones acompañados por dos niñas de 7 años y otros dos niños de 4 en un campo donde las porterías eran dos piedras grandes. Objetivo: pasarlo bien.

Así las cosas, los niños pequeños acompañados por los cuarentones empiezan ganando y los quasi-adolescentes comienzan a quejarse, a tirarse al suelo, a simular lesiones, a reprocharse pases, a inventarse corners, fueras de banda… en fin, que empiezan dejar de disfrutar y a utilizar todas esas estratagemas y comportamientos que vemos en la tele continuamente. Los padres cuarentones no hicimos ni caso y seguimos jugando lo que parece que generó más frustración y quejas en los chavales. Por un lado era gracioso ver cómo se inventaban cosas para intentar recuperar el balón con trampas, pero por otro lado, sabíamos que no había que hacerles caso para que aprendieran que así no se consigue nada. Sin darle más importancia.

Y esto funcionó bien hasta que, en un momento determinado, uno de los cuarentones recupera un balón y un chaval de 12 años le persigue por detrás para hacerle una zancadilla a traición para hacerle caer. Una de esas zancadillas dignas de Pepe (R. Madrid). Una de esas entradas de tarjeta roja directa y de 2 a 4 partidos de sanción. Yo no daba crédito. ¡Un mico de 12 años se pone el mundo por montera y se atreve a agredir (porque eso es una agresión en toda regla) a un padre cuarentón en un partido de niños en el campo un domingo por la tarde!.

Conozco bien a los padres de ese niño. Son gente normal, nada fanáticos ni agresivos y preocupados por la educación de su hijo. Les gusta el fútbol pero no son unos exaltados de la vida. Son dedicados, se ocupan de que su hijo tenga oportunidades de hacer diferentes cosas, que disfrute, que juegue al fútbol en el equipo local. No piensan que su hijo va a ser jugador profesional de fútbol ni le están poniendo una presión especial en el tema. Le llevan al partido los fines de semana y ya está. Entonces…. ¿cómo se llega a esto?

Hace unos días leía una conversación entre dos entrenadores en la que uno comentaba su preocupación sobre el deporte escolar y de cantera y uno de ellos decía: “… sí, yo te entiendo, pero es que te olvidas de que el deporte de los jóvenes se ha convertido en una nueva forma de entretenimiento de los padres. Ahora es cuestión de darles a ellos (padres) lo que quieren”.

El deporte de cantera o de chavales está dejando de ser una herramienta para educar a los niños en el deporte y en la vida para convertirse en el lugar donde los padres van para ser entretenidos por sus hijos. Y así lo toman los organizadores de competiciones, las federaciones, los clubes, las asociaciones deportivas y los entrenadores. Porque todo lo que hacen está pensado para que los padres estén contentos y sigan enviando allí a sus niños. Y si los padres quieren espectáculo, se les da espectáculo. Los padres van a buscar el mejor partido de fútbol que puedan ver. Que su hijo juegue y que lo haga lo mejor posible. Y si puede ser, que gane. Lo de la educación… es un tema que sólo sale en los casos flagrantes en los que ya no hay solución y alguien ha perdido los papeles. Porque para educar ya tienen el colegio.

Todo esto lo llamaban la “adultificación” de los deportes de cantera. Consiste en priorizar los intereses de los adultos sobre el de los niños y enfocarse en resultado olvidando por completo el proceso y el propósito del deporte de formación. Y esto me parece una de las grandes epidemias de los últimos años. Y además es una de las más peligrosas porque es silenciosa, se está introduciendo en nuestras casas, en nuestros hijos, en nuestros padres, en nuestros amigos y no nos estamos dando cuenta. Perder los papeles en un partido de fútbol de niños nos parece normal. Eso va a que también nos parezca normal que nuestro hijo aplique la ley de que el fin justifica los medios en un partido con tal de defender su puesto, el balón o su equipo. Entonces, el siguiente paso es que también nos va a parecer normal que un niño los pierda en una pachanga de domingo en el campo. Esto es la consecuencia de esta epidemia.

Siento deciros que esto no va a cambiar a corto plazo. El sistema no está interesado en que esto ocurra. Vamos a seguir viendo estos comportamientos vergonzosos en la tele, en los campos y en las competiciones. Así que tenemos dos opciones: lo aceptamos así y somos cómplices o hacemos algo al respecto. Son nuestros hijos y sus comportamientos son los que definen su educación. Si no se la dan en el equipo, tendremos que estar nosotros encima del tema. A un entrenador o a un equipo no podemos ni debemos decirle nada sobre los planteamientos deportivos, pero sí sobre los educativos. Es más, en muchos casos estoy seguro de que nos lo van a agradecer. Porque no podemos permitir que echen por tierra todo el trabajo que estamos haciendo en casa.

Si mi hijo es el que hace esa zancadilla a traición a un padre un domingo por la tarde, el lunes estoy llamando al entrenador porque ahí tenemos un problema de educación serio. Puede ser un problema de mi hijo o general en ese equipo, pero hay que atajarlo inmediatamente. En función de la respuesta tendré que tomar una u otra medida. La decisión que tome no sólo va a tener impacto en mi hijo. La decisión que tome me define a mi. Porque realmente la pregunta es: ¿Quiero que el deporte de formación sea un lugar para entretenerme a mi (adulto) o para formar a mi hijo? Es que a lo mejor, la zancadilla a traición se la estamos haciendo los adultos a los niños.

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