benjamin-zander

En España somos unos 3,5 millones de personas los que practicamos algún deporte federado. Una estadística del CIS asegura que alrededor de un 75% de la gente que practica deporte no está federada. Esto nos da un universo total de unos 14 millones de personas que practican deporte en nuestro país. Teniendo en cuenta que somos 47,3 millones de personas, calculamos que más o menos, un 30% de la población practica deporte y un 70% (unos 33 millones) no lo hace.

Al hacer estos números me he acordado de una exposición que hizo un director de orquesta llamado Benjamin Zander. Empezó su teoría compartiendo unos datos demoledores que indicaban que sólo a un 3% de la población le gusta la música clásica. Luego hay una población amplia que no le molesta y que cuando la escucha no la apaga. Y por último hay un porcentaje aún más importante de la población que nunca escucha la música clásica más allá del hilo musical en una tienda o en la consulta de un dentista.

Parece que en el sector de la música clásica, la preocupación es que el mercado y el interés está desapareciendo, Y el pensamiento es: “Si pudiéramos pasar de gustarle a un 4% de la población en lugar de a un 3%, estaríamos salvados”. Sin embargo, Zander es mucho más ambicioso y nos demuestra que a todos nos gusta la música clásica simplemente no lo sabemos. Y lo demuestra en un auditorio con 1.600 personas a través de un experimento con una pieza de Chopin que funciona en cualquier país del mundo.

En este experimento, nos enseña cómo es la evolución en el aprendizaje a la hora de tocar un instrumento. Cuando somos principiantes vamos introduciendo una pausa por cada nota. La música va por impulsos. Según vamos mejorando, la pausa es cada dos notas, luego cada cuatro, luego cada ocho y así hasta que tenemos un dominio importante y somos capaces de dibujar una línea continua sin pausas y que el autor es capaz de controlar los tempos y los ritmos.

En ese momento, es cuando a la música se le incorporan las emociones y es cuando empezamos a comprender de qué va esto. Porque es en ese momento en el que somos capaces de tener una visión sobre lo que estamos escuchando y hemos sido capaces de incorporarlo a nuestra sistema de entendimiento. Cuando la gente vive esta experiencia, le brillan los ojos. Y Zander define éxito como la capacidad de provocar “ojos brillantes” a nuestro alrededor.

Creo que con el deporte pasa algo parecido. No tenemos el problema de la música clásica pero de los 14 millones que practicamos deporte, no más de la mitad lo hacemos de manera continuada. Nos apuntamos al gimnasio y lo dejamos, o nos apuntamos a un equipo y luego no podemos ir a jugar o vamos a entrenar sólo de vez en cuando. Nos proponemos salir a correr dos veces a la semana y los viajes no nos lo permite. Tenemos hijos y nos trastocan los hábitos. De repente nuestra vida laboral se complica y no tenemos tiempo… siempre hay una razón para abandonar la práctica deportiva para esos 7 millones de deportistas “menos comprometidos”. Y luego tenemos a esos 33 millones que aceptan que no practican deporte. Así que tenemos 40 millones en total.

¿Y si, como dice Zander, pudiésemos hacer que a todos les gustase practicar el deporte? ¿Y si fueramos capaz de hacerles ver que es algo más que el entrenamiento concreto? Lo que en música es incorporar pausas entre las notas, en el deporte es incorporar, valores, dinámicas y sesiones en las que se sufre y cuesta mejorar. ¿ Y si fueramos capaz de hacer lo que hace Zander y mostrar que el deporte no es la suma de las notas sino una línea sólida y continua?, de hacer ver que el deporte es la suma de los entrenamientos diarios y de comportamientos para construir un hábitos y relaciones saludables que un cuerpo, una mente y una educación lo agradecen y que nos hacer sentir en equilibrio.

Quizás mi misión como alguien que adora el deporte y quiere que se extienda, no consiste sólo en quedar con mis amigos a jugar a baloncesto a un alto nivel. Quizás mi misión es también salir con mis hijos a correr los sábados dando la vuelta a la manzana para que se diviertan y lo incorporen a sus rutinas. Quizás lo que tengo que hacer es acompañar a ese colega del trabajo que no encuentra la manera de sacar tiempo a mediodía y que lo sacaría si fuera con alguien. Quizás mi labor es provocar que mi hermana vaya a la piscina tres veces a la semana con su hijo recién nacido y encuentre su momento especial que le hace sentir mucho mejor físicamente y aguantar los dolores de espalda que suelen venir con los nacimientos. Quizás mi misión es ayudar a ese amigo que está pasando un mal momento, a mantener la motivación a través del deporte y salir con él a trotar 3 veces a la semana. Seguro que todos podemos encontrar una misión así. Quizás mi misión es predicar con el ejemplo a la hora de comportarme en un estadio o viendo un partido por la tele. Quizás tengo que pensar dónde puedo aportar mi granito de arena.

Porque quizás nuestra misión es ser apóstoles del deporte, pero no porque lo contemos, sino porque lo hagamos. Porque seamos cómplices. Porque nos creamos de verdad que un deporte extendido en nuestra sociedad hace una sociedad mejor. Quizás hacer que a todo el mundo le guste el deporte es demasiado ambicioso. Pero no creo que lo sea intentar que todos vean el beneficio de practicar deporte y la deportividad incorporando pequeñas rutinas en su vida. Y ese beneficio no cala porque se cuente. Cala porque se siente.

Mi propuesta no es tanto que nos pongamos como locos a captar adeptos para que empiecen a entrenar. Eso sería ir nota a nota. Mi propuesta es que intentemos incorporarnos en la melodía de otros y les hagamos ver el deporte como una línea continua donde las emociones marcan la diferencia entendiendo los beneficios. No creo que consigamos incrementar la práctica deportiva o de la deportividad porque nos vean más fuertes o más guapos. Conseguiremos incrementar la práctica deportiva cuando mostremos nuestros “ojos brillantes”. Eso sí que es aspiracional y merece la pena el esfuerzo. Una vez sientan eso, habremos tenido éxito. Entonces, el deporte hará el resto.

Sígueme en Twitter

Os dejo en la cabecera el vídeo de la charla de Benjamin Zander. Dura 20 minutos pero realmente merece la pena verla. Es brutal.