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El otro día leía en algún sitio que nosotros estamos vendiendo todo el tiempo. Vendemos con nuestros argumentos, vendemos con nuestra imagen, vendemos con los sentimientos que provocamos, vendemos con nuestros gestos, vendemos con nuestras compañías, con lo que decimos, con cómo lo decimos, vendemos en casa, en la oficina, en reuniones y por supuesto en acciones comerciales. Queramos o no queramos estamos vendiendo siempre.

Luego recordé que en algún momento había hablado en algún foro sobre una teoría que se le asigna a un tipo llamado Paul Watzlawick que dice que es imposible no comunicar. Hasta cuando no quieres comunicar estás comunicando que no quieres comunicar. Pues en esto del liderazgo, yo creo que pasa lo mismo. Es imposible no liderar. A lo mejor soy el primero en decirlo y le llaman a partir de ahora la teoría de Ángel Sanz, pero estoy seguro de que estas cosas requieren algo más que simplemente decirlo en un blog.

Pero volviendo a lo importante, creo que esto del liderazgo está sobrevalorado. Parece que un líder tiene que ser un personaje con un valor extraordinario, que se echa a la espalda el equipo o la compañía, que va abriendo camino, que toma las decisiones importantes, que motiva a todo el mundo, que saca la espada y se pone al frente del ejército o de la empresa que sea para conquistar los objetivos que correspondan. Hay muchos tipos de liderazgo. Se suele considerar el liderazgo carismático, el participativo, el de procesos, el que se adquiere por talento, el absolutista o aquel liderazgo enfocado en el cambio. Seguro que los expertos tienen unas definiciones súper concienzudas pero lo importante que quiero resaltar es que dentro del liderazgo hay muchos matices y posibilidades y por tanto acogen múltiples variables de perfiles que pueden desempeñarlos perfectamente.

Cuando digo que está sobrevalorado no quiero decir que se le está dando más importancia de la que tiene. Ejercer bien el liderazgo es clave para nuestro desarrollo. Cuando hablo de sobrevalorar el liderazgo es que parece que lo queremos hacer algo excepcional y no lo es. Creo que todos somos líderes. Algunos en nuestras casas, otros en nuestras empresas, otros en nuestros grupos de amigos, otros en nuestros proyectos, otros con nuestros hijos o con nuestros padres, o simplemente caminando con la calle cuando tomamos la iniciativa en cualquier acción. Todos tenemos un líder que está ejerciendo en cada momento. Y lo demostramos con nuestras acciones diarias.

Y diréis… ¿por qué me cuentan esto en un blog de una publicación de deporte?. Pues porque tengo la teoría de que el liderazgo es un deporte de contacto. Y creo que lo es de tres modos:

El liderazgo es un deporte de contacto porque requiere interacción con los demás. No puedes liderar nada ni nadie si no existe esa sensación de cercanía, de comunión de ir a por lo mismo, de conexión y de roce. Por eso es complicado liderar sin crear un vínculo emocional. Y hay que estar conectado y contactar en la mayor medida posible.

El liderazgo es un deporte de contacto porque requiere de empujones, tortazos y conflictos. Siempre decimos que es imposible crecer sin salir de la zona de comfort. Y el un buen líder nos obliga a salir de ella para sacar lo mejor de nosotros. Normalmente, eso genera situaciones incómodas, distintos ritmos y velocidades y alteraciones que suelen traer peleas, discusiones y algún que otro “tortazo” (en el sentido figurativo de la palabra). Esto provoca reacciones que, bien orientadas, suelen funcionar en beneficio de los implicados.

El liderazgo también es un deporte de contacto pero en este caso es con-tacto. Porque para liderar hay que tener mano izquierda. Hay que tratar a cada uno como necesita ser tratado, como un ser único, diferente y genuino. Y hay muchas ocasiones en las que no es lo que hacemos o decimos sino cómo lo hacemos o cómo lo decimos. Es el liderazgo emocional que a veces se nos pasa de largo y que es capaz de marcar la diferencia entre el éxito y el fracaso.

Así que, si necesitamos alguna razón más por la que hacer deporte aquí tenemos otra: nos convierte en mejores líderes y… todos necesitamos serlo. Nos permite entender y crecer en el ámbito del contacto con los demás y con nosotros mismos, en el de respetar que los conflictos (contactos agresivos) son parte del juego y en tratar a los demás con tacto.

Porque un líder no crea seguidores. Un buen líder crea otros líderes. Lo hace con su manera de entender el propio liderazgo y con acciones que muestren su coherencia. Y los que hacemos deporte tenemos la oportunidad de demostrarlo y entrenarlo cada día. ¿A lo mejor ahora somos un poco más conscientes?

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